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MATANZAS II

December 20, 2005

MATANZAS

December 20, 2005

30 de Noviembre a 19 de Diciembre 2005

Chihuahua, Chihuahua, México.

MATANZAS I O TOMA UNO.

No encontré una mejor palabra para titular las siguientes líneas. Sin saberlo cuando era un niño, recapitulo ahora, y ha resultado que la casa, el viaje, hacia la casa de mi abuela materna en la ciudad de México, en la calle de Matanzas, colonia Lindavista, al norte del Distrito Federal, ha sido referencial, punto de partida, de continuos regresos, y presencias estos últimos años en los que he desarrollado la profesión de la arquitectura. Volviendo a la palabra, ineludiblemente la contundencia de la misma, y la proclividad a la asociación de ella con, posiblemente, derroteros? Caminos? Terminaciones? Soluciones? Errores? Y sobre el antes y después.

Trataré de esculcar al tiempo que vacíe en estas palabras a Matanzas.

Antes es pertinente hacer mención del origen específico del nombre de la referida calle, ostentado en honor a una ciudad cubana, y no hacia lo que ustedes pensaron.

Mi primer recuerdo data de los primeros años de la década de los ochentas, quizás el primer recuerdo de viaje, de la casa, sea ya con mi hermano menor presente, así es que estamos hablando del 81 u 82, o de la guerra de las Malvinas de la cual me acuerdo tanto (mi primera guerra televisada y de la cual fui conciente, a los argentinos, porque hablaban español, si los entendía ya dentro del dramatismo de la guerra, y no tanto a alemanes, rusos, gringos… esta cápsula ya se extendió). Entonces sin tener conciencia de la posición en la ciudad de la vivienda, todo estaba “lejísimos” en palabras de mi madre, cosa que yo refrendaba en las subidas al metro para llegar al lejanísimo Satélite o al departamento de mi tía “Chata”.

Hoy, que mi práctica profesional referencía continuamente conceptos como “desplazamientos” “movilidad”, encuentro una escala real de la vivienda, del barrio, y de la propia ciudad; obviamente muy alejada de la percepción de niño. En la cual el universo, con el centro en la casa de la abuela, terminaba domésticamente en el Sanborns más cercano, o en el boliche de Montevideo. Un desplazamiento ya algo aventurero era partir del norte, la Lindavista, al centro de la ciudad, llegar a Reforma vía taxi o metro, y volver a otro Sanborns enfrente del ángel, o caminar en la zona entonces ya medio rosa.

Otro viaje de similar escala era ir a la Villa, a pasar por la banda horizontal móvil, debajo de la virgen para admirarla, caminar por esa gigantesca plaza que me decían se llenaba de peregrinos el día del santo de mi madre, y también, porque no, lo asqueroso de todos esos puestos ambulantes en las cercanías del santuario (recuerdo con toda claridad una vez que pescamos a un niño acompañado de su padre defecando detrás de esos hules azul claro que cubrían y cubren a dichos establecimientos).

Matanzas me está sirviendo para recapitular de cosas cada vez más grandes, por eso, creo que amerita un párrafo la descripción del viaje máximo: llegar a la casa de mis primos en Satélite. Primero que nada, eso estaba lejos, fuera del DF. Cosa muy importante cuando aun no sabes interpretar planos y mapas ni expresiones de los adultos. Pero, la salida más emblemática sería la comida dominical en la cual las hermanas completas (mis tías y mi madre) se reunían con sus hijos y esposos.

La salida era después de ir a misa en un templo a una cuadra de distancia, pero una cuadra de esas propias de las retículas capitalinas, largas. La condición de las banquetas es y era ciertamente deplorable, rampas, jardineras, árboles, todo eso desde la casa de mi abuela hasta la avenida Ticomán, y de ahí al templo. Aquí había dos cosas importantes que determinaban el carácter del desplazamiento, una, mi abuela salía 3 o 5 minutos antes porque como caminaba lento, pues se adelantaba para llegar al mismo tiempo. Dos, el templo. Una pieza llena de fe arquitectónica, con una cubierta de concreto inspirada en la flexibilidad y maleabilidad del concreto, aparente, modernista, cincuentona, con unos vitrales abstractos, de colores primarios que a mi me gustaban tanto, pero que a mi madre le parecían cualquier cosa contra todos esos templos bellísimos y antiquísimos que ella conocía. Acababa la misa, habiendo dos opciones. El taxi era oneroso, y para casos extremos en los cuales ya se nos había hecho tarde, estaba la familia especialmente paranoica sobre la inseguridad del transporte público. Después el factor fue la edad de mi abuela, pero cuando yo era niño aun era bastante ágil y aventada, bastaba con cubrirse el rolex de mi abuelo cuando subía al metro. Entonces, mejor describo el caso del transporte público. Caminábamos hasta Indios Verdes, agarrábamos el metro hasta intersectar con una línea donde transbordábamos, y nos dirigíamos, ahora lo sé, al poniente hasta que termina esa línea y a bajar. Desgraciadamente no recuerdo el nombre de la estación, pero cerca, antes, o después estaba 4 caminos, un edificio atípico, una plaza de toros cubierta. También otra fuerte referencia de arquitectura. Aquí se toma un pesero que nos llevaba por el periférico hasta otro templo, entonces, Plaza Satélite. Bajar era lo de menos, lo peor era estar tan cerca pero tan lejos. Era difícil entender que no había tiempo para entrar a ver aviones, tanques, maquinitas ¡estando enfrente! Pero había que tomar u otro pesero, o encontrarnos con uno de mis primos que ya manejaba, o simplemente mis tíos satelucos. El viaje en auto de aquí era breve, pero inmerso dentro de una urbanización que ahora también entiendo, llena de curvas, y curvas, y camellones. Un desarrollo también lleno de fe urbanística que me deleita aun en la foto aérea del google.

Como no es ocasión esta de describir la comida o la celebración familiar, resumo en que a través de los años se volvieron tanto disfrute omnívoro, como sala de tortura infantil, como el lugar donde me inicié en el alcohol, de la mano, o más bien, con cubas en la mano.

El regreso era distinto. Dicen que hay que tomar decisiones con la panza llena, así es que normalmente había algún familiar voluntario en llevarnos hasta la remota Lindavista. A Matanzas.

Habiendo descrito 3 escalas de desplazamientos a partir, hacia, y desde Matanzas, especifico que se trataron de mis primeras experiencias en cuanto a entender la escala de la ciudad, del humano, de Chihuahua, y de la familia. Además, ha surgido aquí una lección urbanística que afortunadamente me hace asumir análogas a la impersonal ciudad con lo más personalmente posible.

Ahora le toca a Matanzas. Con 3 escalas, el barrio, la calle, y la casa. En cuanto al barrio, este es uno de nivel socioeconómico mejor entonces, ahora disminuido, pero en la cual era mi leyenda saber que vivían a pocos metros los dueños de los jugos “Jumex”. Situación inverosímil entonces y ahora. Con la gran casa chihuahuense apenas dejada atrás, el cambio de densidad, de enlatamiento de las viviendas era ciertamente notable para el infante. El barrio además contenía a escasa distancia de la casa todos los elementos de abasto que obligaban a diario a caminar el entorno inmediato.

El puesto de revistas en la esquina de la cuadra. Con los periódicos en el mostrador, y las revistas para caballeros contra el sol, hacia la esquina menos pública, envueltos en hules nublados de esquinas raspadas, como si fueran sólidos. En la última visita que hice aun estaba ahí. La tienda de abarrotes casi enfrente, después del camellón de una avenida interna de la colonia. Donde comprábamos de todo. Un poco más alejado la frutería, la tortillería, hasta la pizzería de la colonia, a la cual asistíamos siempre. A dos cuadras la escuela de mujeres, donde mi primo conoció a su esposa, mi prima. Y donde los jóvenes de la cuadra, que eran los amigos de mi primo amigos míos de viaje u ocasión, también rondaban.

En cuanto a la calle, además del remate en un extremo del puesto de revistas referido, en el polo opuesto hay un local que al paso de los años cambiaba de giro. Farmacia, maquinitas, hasta lencería. Creo. Toda la cuadra, la calle es muy uniforme en cuanto a los frentes de las viviendas. Dos, ocasionalmente 3 pisos, y justo al lado de la casa un pequeño edificio de departamentos de unos 4 pisos, con una planta baja de acceso y estacionamiento. Toda la arquitectura, en general, propia de la mitad o las 2 décadas inmediatas posteriores a la mitad del siglo XX. Cuando la casa fue ocupada por la familia de mi madre debió haber sido en el momento justo del desarrollo de la colonia, a finales de los sesentas o principios de los setentas. Justo enfrente de la casa habría alguna expresión trasnochada, un revival colonial, pero no más.

Si he de describir la cuadra la propia casa es la muestra. Uno de los motivos para la escritura de estas líneas es el recuerdo de una fachada, torpemente dibujada en un cuaderno de cuadrícula que me encontré en un tilichero de la casa de mis padres. Desplegando líneas que databan seguramente de mis años de primaria. Rescate el dibujo cuando empezaba a estudiar arquitectura, y trataba de explicarme el porqué de todo, y entre esas cosas mi decisión por la arquitectura. Ahí y ahora encontré que no era una decisión casual, tomada junto con la asesoría de mi padre al terminar la preparatoria; algunos amigos y hermanos entonces trataron de ayudar también justo es mencionarlo. Fue consecuente la cuadrícula que guió al dibujo, inadvertidamente apropiada a los motivos formales de la vivienda.

Las líneas generales de ella son rectilíneas, modernistas. De frente la planta alta se eleva apoyada en un par de columnas por encima de un único espacio cubierto para el auto. La cochera en realidad hace las veces de vestíbulo, de camino hacia el interior, salpicado de macetas, de helechos. Este volumen solo ocupa la mitad del frente, pues la otra mitad se retranquea a un costado del anterior, formando un pequeño jardín, con unas huellas para la pisada de un segundo auto que nunca se ocupaba. Este era otro lugar concebido como jardín, donde los caracoles chilangos tan distintos a los del norte eran capturados. El volumen al frente era la recámara principal de la planta alta y de toda la casa. En planta baja quedaban el acceso, la sala, el comedor, la cocina, el baño de visitas aunque fuera completo, y al fondo un patio. Y al fondo también una enredadera pletórica de hojas, densa, y de lagartijas.

Arriba 2 recámaras además de la principal, una estancia centralizada en ellas, coexistiendo con el ingreso al baño y una doble altura por las escaleras. La materialidad es muy consecuentemente también con su época y estilo. El piso de la cochera es de cemento pulido con marmolina. Algunos muros exteriores son recubiertos por mosaicos venecianos de un solo color. La herrería es negra. Las ventanas amplias. La columna redonda, lisa. La puerta principal de madera, expresiva en sus juntas visibles, y horizontales o verticales, no estoy seguro. La escalera interior es de huellas monolíticas de concreto con marmolina, sin peralte, y apoyadas en una única viga central de concreto también con agregados pulidos expuestos como acabado final. El barandal ciertamente desmerecía lo logrado de los elementos de concreto al ser de secciones tubulares muy simples, con un pasamanos superior de madera muy manoseada. Los enjarres de los muros algunos con texturas tiroleadas, otros lisos. Los yesos de las losas fueron los primeros en empezar a caerse, incluso desde temblores remotos. No había plafones.

En el espacio central donde veíamos la televisión la luz era cenital, desde un lucernario cuadrado logrado con vitroblocks. Este espacio tan importante para los juegos y la televisión de “muchos” canales, sin embargo era muy oscuro. Siempre nublado. Aquí puedo recordar desde las olimpiadas del 84 con los marchistas ganando algunas medallas, además de algunas imágenes de partidos de Italia 82. En cuanto al mobiliario: una televisión muy vieja, de las primeras a color. Una máquina de coser. Un ropero antiguo de madera clara. Un par de libreros con puertas con cristal, y libros de pequeño formato adentro. Y frente a la TV un par de sillas, un buró con el teléfono, negro y de disco. Y en el piso un tapete con un perímetro rosa, y lo que creo eran flores. Y fotos, fotos. Un alineamiento de los hijos y los nietos, donde se fueron sumando nuevos primos, y nuevos bisnietos, en otros marcos. Pero donde destacaban la foto del hijo y del esposo.

La azotea plana contaba con una pequeña habitación para la sirvienta, el lavado, además de un baño. Habitación siempre secreta, creo que nunca entré. Desde lo alto ejercitaba acciones de espionaje hacia los patios al centro de la manzana. Todas las viviendas repetían el mismo esquema, por lo que entre los patios se escuchaban los pajaros, loros, cotorras, gatos, y perros de los demás vecinos. Entre el ocio de los veranos siempre comprobé la inactividad de estos espacios. Lo mejor, desde la vivienda, era la relación con la calle desde la recámara principal. Desde aquí se dominaban los accesos y salidas. Desde aquí se aventaba la llave para abrir o cerrar la puerta, además de las últimas instrucciones para los que hacían el mandado. Desde aquí oteaba en días de extremo aburrimiento, o porque estaba lloviendo, o porque ese día tocaba quedarse debido a que ya habíamos sido suficientemente vagos los días anteriores. Una ventana horizontal, de la anchura casi del cuarto. A un lado de esta el sillón reclinable, con una luz muy buena para leer, descansar, y esperar.

El sábado pasado estuve en una prolongada sesión de jurado de los estudiantes de maestría de la escuela donde doy clase. En una de las presentaciones de los trabajos una estudiante inició con un texto tomado de Heidegger que en el momento de escucharlo y leerlo me regresó a este texto pensando en encontrarle una forma de terminarlo. Podría seguir y seguir, espero hacerlo en un futuro, pero por el momento abusaré del filósofo y plantearé más o menos la idea. Se le preguntaba ¿qué es arquitectura? y su respuesta fue que: es lo que pasa en ella y que con el tiempo la modifica y que con el tiempo sigue modificándose en la memoria. Tanto objetiva como subjetivamente. Tanto material como etérea. Así es que en contra de mi voluntad, el texto se tornó un ejercicio mucho más anecdótico y personal de lo esperado. Por ello, me quedo solo por hoy con la definición basada en lo anecdótico y personal de la experiencia arquitectónica. Donde no hay estilo, ni época, ni concepto. Muy poco académica formalmente. Buscaré la oportunidad y la seriedad de un texto teórico más tarde.

No sé donde dejé el dibujo infantil en fachada. Es inútil buscarlo. Después de extender el ejercicio de descripción de la casa por escrito, será bueno dibujarla.