Por Víctor Jiménez.
Tomado de la sección ARQUITEXTOS del periódico Reforma.
(30-Jun-2009).-
Hace mucho que el Gobierno mexicano dejó atrás una de las responsabilidades básicas de todo Estado: la construcción de edificios públicos. Queda, como excepción, la patéticamente célebre Biblioteca de Buenavista, nacida de la más errada vocación de su promotor: la de protagonista cultural. Y así salió. Por lo común los gobiernos tardopriístas y panistas se han dedicado a esperar a que un especulador (y buen amigo) erija una torre de oficinas y venga a ofrecérselas en renta. Así se enriquece el promotor, a cargo de nuestros impuestos, y ya que el funcionario tampoco se preocupa de que la renta sea la que sea, aún no sabemos qué parte le toca de la misma…
Lo anterior ocurre sin que se haya formulado tal política, alguna vez, de manera explícita. Debió ocurrir algo no muy publicable, en todos esos años, que hace que tal forma de hacer negocios fascine tanto a un lado como al otro del mostrador. Este fomento de los negocios privados con dinero público es típico de los economistas que han conducido a México a uno de los peores desempeños del mundo en cualquier orden, y por eso tiene un enorme valor testimonial algo que cobró actualidad hace apenas unos días.
No están para saberlo, pero desde hace veintitantos años no tengo televisión: por eso nunca he visto al señor Calderón y muy escasamente lo he escuchado, ya que cuando van a ponerlo en la radio de inmediato cambio de estación. Pero el viernes pasado oí que Carmen Aristegui iba a retransmitir un discurso de Calderón muy elogioso de las guarderías subrogadas, que ella quería relacionar con la justamente llamada por Granados Chapa, matanza de los niños de la guardería de Hermosillo, y no le cambié. Calderón habló en marzo pasado, y al no estar acostumbrado yo a escucharlo me sorprendió el tono desafiante que usaba para referirse a lo que debe percibir como una hazaña de su gobierno.
Aseguró primero que la idea de la subrogación había resuelto espléndidamente un problema sin hacer mucho gasto ni contratar empleados especializados ni, aún más grave para él, sindicalizados (curiosamente, el líder del sindicato del IMSS es candidato panista a diputado federal: ¿qué pensará de esto?), ya que las señoras que ponen estos negocios tienen experiencia como mamás. Olvidaba Calderón que si paso cine en mi casa y cobro al público asumo responsabilidades muy diferentes a que si pongo un DVD para mis hijos. Pero, sobre todo, se ufanaba Calderón de que esto se consiguiese sin hacer “edificios costosos”.
¡Vaya!, pensé: por fin un gobernante mexicano se refiere explícitamente al uso de edificios privados para economizar en el gasto de edificación necesario para el correcto desempeño de las funciones públicas.
En el contexto de lo de Sonora lo peor estaba aún por venir: usó Calderón en esa parte de su discurso de marzo pasado un tono desdeñoso hacia los críticos de la subrogación de guarderías, que anticipaban (usó esas palabras) “no sé qué tragedias”, eventualidad que debía ignorarse porque esas guarderías, dijo, estaban funcionado de maravilla: pocos gastos y muchas ganancias para los dueños de las casas (o bodegas, ahora sabemos).
Sonaba Calderón verdaderamente exultante.
En otro país, sin duda, tales palabras serían una autoincriminación si hubiese ocurrido, a partir de la política elogiada, una tragedia.
Como arquitecto no tuve duda mientras escuchaba lo anterior: una buena guardería es por necesidad un “edificio costoso” si la queremos segura, y así debería ser siempre.
Lo sabemos ahora mejor que antes del 5 de junio, cuando se incendió la guardería ABC. No se puede improvisar una en cualquier bodega o casa.
La alternativa (¿dónde escuchó Calderón la palabra “tragedia” aplicada a su programa de guarderías, sólo para mofarse de la misma?), también lo acabamos de comprobar, implica riesgos inaceptables. Lo mismo vale decir de cualquier edificio público.
No deben ser pocas las bombas de tiempo que renta actualmente el Gobierno Federal para alojar cualquier uso en ellas.
La estrategia de los negocios privados disfrazados como servicios públicos ha llegado demasiado lejos, y no importa que los economistas que han hundido a nuestro país en la descomposición calculen otra cosa: 48 víctimas (sin contar los heridos) de un demencial juego numérico sobre el papel son una “tragedia” (sí, acertó Calderón) mucho más cara que todos los ahorros del IMSS en “edificios costosos”.